martes, 27 de julio de 2010

La radio en el cementerio

Tal vez le suceda a muchos. Cuando uno va a la ferretería a comprar algo, se queda mirando los artículos que se exhiben para seducir a los hombres que compramos herramientas consideradas necesarias en la eternidad de un segundo, y luego utilizadas cada muerte de obispo. Pero es así, uno mira esas porquerías chinas con ojos de pibe en juguetería.
Tal vez por esa distracción que provoca tal curiosidad, le pregunté a la señora mayor que atendía, sin prestarle demasiada atención a su respuesta, por la única marca de pilas que parecía tener disponible. Sólo advertí unos segundos después que me dijo algo así como: “Son buenas. Duran un mes, según me dice siempre Zorzi, que las usa en la radio que lleva al cementerio. Usándolas casi todo el día, las pilas duran un mes, más o menos. Llévelas tranquilo”.
Cuando caí, dejé de mirar los pelacables estrambóticos y le pregunté, menos con palabras que con los ojos: “¿Cómo es eso del cementerio?”. Noté que la señora, con quien nos conocemos mostrador de por medio, no lamentó la confidencia pero sí se incomodó.
“El señor Zorzi ¿lo conoce?, es del barrio, va todos los días al cementerio con una radio. Va temprano, a las 7, 8… prende la radio y la deja todo el día sobre la tumba de su hijo. A la noche vuelve a buscarla.”
Me quedé en silencio, imaginando al padre y su dolorosa rutina.
“El hijo de Zorzi se suicidó hace unos años, era adolescente”, continuó la señora. “Al chico le gustaba mucho la música, me dijo una vez el hombre. Por eso le lleva la radio todos los días y se la prende en una FM, para que tenga música todo el día. Se ve que el pobre no ha podido superar el dolor o la culpa”.
Dije algunas palabras de ocasión, estaba tocado por el dolor de un extraño. La señora de la ferretería también, pero es casi anciana y está más curtida para seguir: “Es más común de lo que usted piensa. Yo tengo a mis padres en el cementerio de Winifreda. Cada tanto voy a limpiar un poco, poner algunas flores. Y siempre veo sobre una tumba cercana (mencionó un apellido rusoalemán) unas galletitas y una botella de gaseosa. Todas las tardes las cambian. A la nena de esa familia le gustaban mucho”.
No compré las pilas. Habré llevado alguna otra porquería, de esas que se usan cuando un obispo se muda a la Quinta del Ñato, un lugar donde algunos juegan partidas imposibles.

(Un gran post de Bolazos de los Medios).

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