martes, 18 de mayo de 2010

Gordo triste



¿De qué Shakespeare lunfardo se ha escapado este hombre, que camina derecho por atriles torcidos?, pregunta Aldo Ferrer en esa deliciosa letra a la que, encima, Astor Piazzola le puso melodía (y el Polaco Goyeneche la voz). Pichuco, el homenajeado, es Aníbal Carmelo Troilo, que murió un 18 de mayo de 1975 (hace hoy 35 años), aunque algunas otras biografías hablan del día siguiente.
Troilo, porteño tan baqueando del alma, nació obviamente en Buenos Aires un 11 de julio de 1914 y enseguida, por inventiva de su padre, pasó a ser Pichuco.
De pibe, nomás, quedó encandilado con el bandoneón: fue un amor a primer oído. Tuvo el primero a los 10 años. Y ese primer bandoneón por poco no fue el último: le duró toda una vida.
Pasó por numerosas orquestas y fue un gordo sensible. La muerte del poeta Homero Manzi, que era su mejor amigo, le ocasionó una fuerte depresión. En homenaje, le compuso el tango “Responso”. Troilo disfrutaba de los placeres de la noche porteña, a su modo y en cantidades. Cayó en el alcohol y se hizo adicto a la cocaína.
Se dirá siempre que los cantores que acompañaron a Pichuco no eran más -ni menos- que “un instrumento más de la orquesta”.
Los que saben de verdad cuentan que es inconfundible el sonido del bandoneón de Troilo: un fraseo impecable, una forma peculia de “decir” las frases melódicas con su instrumento. Sus solos de bandoneón se hacían en bajo volumen y con una sutileza característica.
Compuso una enorme cantidad de temas reconocidos, difundidos y versionados. Casi siempre apostando a una belleza sencilla y simple, como corresponde a un gordo triste amado por los otros, por nosotros.

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