viernes, 8 de mayo de 2009

Noticia de un secuestro

Eduardo Carro dice, ahora, que lo "condenó el periodismo". El ex policía le echa la culpa a los medios porque la Justicia resolvió quitar a la niña Damiana de esa familia en la que hay tres procesados por el secuestro agravado de -justamente- un chico de 14 años. Carro y los suyos dicen que no hay pruebas de que intervinieron en ese delito. La revista El Fisgón, en papel, publicó en su última edición un detalle pormenorizado, una investigación a fondo, de ese hecho, que demuestra cuál fue el papel que cumplieron Eduardo Carro (el que en la foto aparece con remera verde), su hijo Miguel Angel Carro (el segundo de izquierda derecha, en el fondo) y su yerno Alejandro Bernardo. A continuación, se publica textualmente ese artículo.

–Vamo’ a llevarlo allá donde matamos al otro –sonó la frase seca y furiosa, como en los viejos tiempos.

El corazón del pibe palpita como nunca antes. Acostumbrado a los rigores de la pobreza y de la violencia, esta vez siente –sin embargo– que la mano viene pesada. Lo llevan agarrado de la nuca, la cabeza metida entre las rodillas, en el asiento trasero de un auto. Como en los viejos tiempos.

Como en los viejos tiempos, ya lo separaron de su hermano: lo detuvieron como si fuera un operativo institucional en la Avenida Circunvalación, lo bajaron de la bicicleta cuando volvía de la casa de su abuela, lo metieron de prepo en el Polo blanco, le apoyaron el codo en la nuca y –como en los viejos tiempos– le hicieron entender que los tenía que acompañar.

Ahora el miedo se huele: le apoyan un arma en la cabeza y van a gatillar. Son las 8 y media de la mañana del sábado 21 de marzo. El pibe está estremecido. Tiene 14 años. Y siente que el mundo se le viene encima.

De película

El viernes anterior, un par de no tan desconocidos preguntaron por él. El pibe es Jonathan Sergio Ganora y vive en el barrio que a las autoridades políticas se les ocurrió amontonar en la zona noreste de la ciudad, yendo hacia el polideportivo Víctor Arriaga.

Le pusieron “Santa María de Las Pampas”. Mucho nombre y pocas luces, poco asfalto, poco colectivo y poca agua.

De un Ford Fiesta color blanco, este viernes 20 de febrero, bajan dos personas con aspecto policial. Miran como miran las personas con aspecto policial: el ceño fruncido, las pupilas inflamadas e inquietas. Vuela la tierra en el lugar: el caluroso verano de Santa Rosa, tardío como es, hizo hoy de las suyas.

Los polis son Miguel Angel Carro y Alejandro Daniel Bernardo, dueño del auto. Son cuñados. Jóvenes. Ya tienen su cargo policial y parece que nada puede pasarles. Menos acá en el barrio, y en el corazón de la noche, donde se sienten capangas.

Carro saca su arma reglamentaria, 9 milímetros, y juega como lo hacen las personas con aspecto policial. Apunta como si fuera el actor de una película. Y a las diez y media de la noche abre la bocota para pronunciar el guión: “Mirá lo que tengo para vos y tu hermano. A tu hermano lo vamos a recagar a tiros y a vos también… Ya los vamos a encontrar en la calle”.

Darío José Giardino (19 años) se queda helado. Es el hermano del pibe. Y no es una película.

Amanecer de un día agitado

“Ya los vamos a encontrar en la calle”, había dicho Carro. Y los encuentran. El sábado a las 8 y media de la mañana, cuando los hermanos del apellido diferente volvían a su casa de barrio desde lo de la abuela María Luisa Córdoba, las bicicletas parecen pedalear en cámara lenta, como en las pesadillas.

En realidad todo se detiene, no sólo ese trayecto de oeste a este por la Circunvalación. Como en los viejos tiempos, desde el Polo blanco con vidrios polarizados (DYS 771), cargado de gente, se bajan los mismos polis de la noche anterior. Bruscamente saltan desde el asiento trasero. No llevan uniformes (los dos van de bermudas, zapatillas, remeras –una blanca, la otra marrón–) pero igual son policías: ostentan el arma en la cintura, gruñen, preguntan datos y piden documentos, refriegan su poder en la cara de los que no lo tienen.

“A vos te vamos a revisar”, siente el estigma el pibe Ganora. Le meten las manos en los bolsillos y encuentran un poco de plata y caramelos. Dadivosos, se los devuelven. “¿Sabés quién robó mi casa?”, le pregunta el poli Bernardo al pibe. Lo meten por la fuerza en el auto, le retuercen el brazo, le pegan. Y se lo llevan.

Giardino otra vez se queda helado. No es una película. Se llevan a su hermano de apellido distinto a algún punto extraño y oscuro. Él toma las bicicletas y pedalea. Avanza poco como en las pesadillas, huye transpirado, quiere llegar hasta su casa para pedir auxilio y sentirse a salvo.

Un viaje

El viaje entre vidrios polarizados no es recomendable. Sobre todo en medio de golpes y amenazas. El señor gordo que maneja el auto del secuestro, pelado y robusto, es el mismo que hasta hace unos meses salía en la tapa de los diarios, defendiendo su derecho a vivir con la nena a la que había criado.

Eduardo Carro se llama. Su hija sustituta, Damiana, volvió a la casa después del drama. A la jueza del Menor Cristina Baladrón se le había ocurrido aplicar con retardo una normativa burocrática. Carro luchó y salió victorioso: buena parte de los ciudadanos se pusieron de su lado. La Justicia terminó devolviéndole a Damiana y él quiere ser su padre adoptivo, es decir: asegurarse que vivirá para siempre en esa familia.

Pero Eduardo Carro y los suyos, por lo visto, no saben o no quieren saber que el pibe Ganora tiene los mismos derechos que Damiana.

Carro se volvió de urgencia de Santa Rosa de Calamuchita –donde estaba de vacaciones desde el 13 de febrero, con su esposa Mirta Maidana, su hija Damiana Coronel, su nieto Axel Daniel Bernardo y su amiga Elva Cotignola– ni bien supo que a su hija Natalia le habían robado, la noche anterior. Le llevaron un minicomponente, el DVD y 700 pesos que él mismo le había dejado.

Ni bien supieron del robo, antes de la medianoche, toda la familia Carro en Santa Rosa empezó a buscar culpables, anduvieron por las calles cercanas, persiguiendo pistas, detectando “actitudes sospechosas”, preguntando a los vecinos, rastrillando descampados. Alguien les dio el dato del pibe Ganora: lo vieron pasar con una bolsa. Y en una de ésas, ¿quién te dice lo que había en esa bolsa? En una de ésas había un DVD…

Eduardo Carro supo por teléfono. Y viajó toda la noche, después de abandonar repentinamente las cabañas que había alquilado. Y ni bien llegaron a la ciudad se sumó al Operativo Esclarecimiento, u Operativo Justicia por Mano Propia, u Operativo Venganza.

O al secuestro, como en los viejos tiempos.

No tan chiquito

“¿Dónde están las cosas, quién tiene el equipo, dónde está el DVD?”, grita su yerno, el poli Bernardo, mientras le pega en la espalda al pibe. El pibe lo mira. Lo conoce del barrio: el poli Bernardo vive a dos cuadras y media de su casa, en la casa de las rejas negras. La vivienda está en la calle Selva Norte 205.

El mundo es un pañuelo: Carro, el poli retirado que maneja, sabe quién es el pibe Ganora. Parece mentira, pero en su propia casa fueron familia de contención de dos hermanos: Kevin y Leandro, que ahora viven con su abuela en la calle Jujuy. Carro el poli retirado se acuerda de que el pibe Ganora, Jonathan como se llama, ha estado en su casa. Y que alguna vez lo retó: “sos muy chiquito para fumar”.

Pero eso ahora no importa. Ahora, por lo visto, ya no es tan chiquito. Porque ahora el poli Carro no lo reta a Jonathan; ahora le apunta con el arma. Y gatilla.

La bala no sale.

Pero los polis disparan palabras: “Vamo’ a llevarlo allá donde matamos al otro”, vuelve a escucharse la voz de Carro, cautiva de la furia y de la euforia.

Adelante, en el asiento del acompañante, una joven mujer rubia y de rulos comparte las emociones y el violento desayuno. Sólo dice: “Así que vos no sabés nada…”

Carro padre no parece sorprendido. Maneja como si tal cosa. Será que, a los 52 años, él ya sabe algo de todo esto: ahora, después del retiro, es taxista. Pero alguna vez también él fue un poli en actividad.

Desaparecido

En el barrio de pocas luces y mucho nombre, mucha angustia se apropia de Marcela Adelina Escudero. Es la madre del pibe Ganora. Salen a buscarlo al chico, después de que Giardino le contara lo ocurrido en la Circunvalación, cuando volvían de lo de la abuela. No saben qué hacer, ni para dónde ir.

A lo mejor una madre huele el miedo del mismo modo que su hijo. Pero el miedo se vuelve dolor, y desesperación, cuando rondan las costumbres de los viejos tiempos.

Cuando la madre del pibe y su esposo –Mauricio Gabriel Mora– se llegan hasta la Policía para saber dónde puede estar, le tiran un baldazo de agua fría: su hijo no figura en ningún lado. No está en la planilla de demorados, no se sabe nada de él.

Es un desaparecido.

El simulacro

En un punto el Polo blanco se detiene. Viajaron unos 7 kilómetros por la Ruta 35, hacia el norte de la ciudad; ahora se meten en un recoveco de arena y ripio, que lleva el nombre de Ruta 12.

Apenas despunta la mañana, pero para el pibe todo está oscuro.

Lleva la cabeza gacha a la fuerza. Se entrega, como una presa mansa. Se arrodilla, sumiso y en pánico, cumpliendo órdenes de los polis. Vuelve a oler el miedo. Y el corazón palpita. El pibe Ganora, a los 14 años de edad, cree que le llegó la hora.

Vuelven a preguntar por el DVD. Vuelven a golpearlo. Él no tiene nada que decir. Y nada dice. “No sé, no sé nada”, repite.

Entonces se escuchan los disparos, secos, absolutos, dueños de la mañana. El poli Carro –petizo, pelo corto– apunta y dispara, con su querida FM HI-POWERE M95-CLASSIC. Las armas también tienen nombre. Y un número identificatorio: 451140.

Balas que pican cerca: el proyectil impacta sobre el piso, a unos centímetros de las piernas del pibe, que no se da cuenta que tiembla.

Y otra vez. Lo mismo, otra vez: el estampido arruinando la mañana en medio del campo, el proyectil de plomo rozando la humanidad del pibe.

Los polis parecen divertirse. Ya está hecho el asunto. Se van.

Pero antes, disparan palabras 9 milímetros: “nosotros vamos a estar de vuelta en el barrio. Y los vamos a agarrar uno por uno y les vamos a hacer lo mismo hasta que nos digan quién fue el que me robó”, dice el poli Bernardo, delgado, casi rapado. Y no es una película.

Como en los viejos tiempos, no hay secuestro que se precie de tal si no tiene su detalle de ruindad incurable. Y entonces los polis le sacan las zapatillas Topper al pibe. Y le roban la visera blanca con franja roja, con su escudito de River. Lo dejan ahí, solo, abandonado, descalzo y al rayo del sol. “No mires, quedate de espaldas”, ordenan los polis antes de huir y servir para otra batalla. Sábado 21 de febrero de 2009, Santa Rosa: una mañana inolvidable.

Final ¿feliz?

Lento, como en las pesadillas, el pibe Ganora empieza a desandar el camino de regreso. Dolorido y cansado, la suerte está de su lado: encuentra las zapatillas, tiradas a pocos metros de donde simularon su fusilamiento.

Mareado por la mañana inolvidable en que su vida se pareció a una película, camina y camina. Se le cruzan las caras de los polis, el arma que se gatilla en su cabeza, el plomo silbando cerca de las rodillas.

Cuando llega a su casa es el mediodía y no hay nadie: su madre anda desesperada recorriendo oficinas.

El pibe Ganora se baña, para quitarse la mugre del piso, para aliviarse el dolor de los azotes, para desprenderse del olor del miedo. Se funde en un abrazo con su familia, cuando vuelven de buscarlo.

Es, ahora, un aparecido.

Aunque en las próximas horas tendrá que escuchar a cada rato lo que ya se sabe: “Si hacés la denuncia, te vamos a matar”.

Como en los viejos tiempos.

1 comentario:

Me creo todo dijo...

Loco saquen la foto de los Carromato estos que cada vez que entro a la página me pego un cagazo de novela!!!!!

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